I.
Estas esposas me están
lastimando mucho, las siento mas tensas que de costumbre, no sé. Me gustaría
que esta celda fuera como en las películas y series insípidas que he visto en
la televisión. No sé porque todos me dicen enfermo; rara es la persona que me
trata con indiferencia. Algunos se permiten insultarme… tal vez hice mal en
degollarlos, pero no me equivoque en amarlos. Dicen que tuve suerte en que me
declararan enfermo mental. A mi me gusta admitir que soy una victima más de los
celos, pero mi terapeuta, Fabián, dice que va mas allá: que es obsesión; él
siempre trata de hablarme con palabras que yo entienda, lo que a veces me hace
sentir entupido e ignorante, aún cuando a veces hace que me conciba especial, porque,
se supone estoy aquí encerrado, y es por ser un criminal; pero el trato que me
da… me hace pensar que pude protegerlo como a los otros. La gente que está
encerrada en este mismo sitio parece estar verdaderamente loca: a algunos los he
visto reír y llorar como si alguien estuviese con ellos, y me da coraje, yo no
tengo a alguien con quien platicar, y más aún, extraño a Carlos. Él era el
único que me comprendía y por eso lo salve, él… ¡Cómo lo amo!
Juan, uno de los policías que cuidan
las celdas, a veces me da cuenta de su vida; no se diferencia mucho de la mi
vecino en aquel edificio donde vivía, a diferencia de que mi vecino, el señor
Edgar, le daba flores a su esposa horas después de haberme despertarme a las 3
de la madrugada a causa de los gritos de ella, su mujer siendo por él golpeada.
Pese a todo, es agradable charlar con él, pues filosofía me gusta, aún cuando
es un homofóbico despreciable, no sé… siento que soy más puro que él. El señor
Edgar tiene un hijo precioso; su nombre es Jonathan, y sé que puede sonar
extraño y enfermo, tiene 17 años, y eso lo hace más precioso. Es tan parecido a
Edwin, mi primer novio. Yo tenía 15 años, él 17. Lo conocí por Internet: tenía
el cabello chino, ojos oscuros, era un chico común, pero sus labios, su espalda
ancha, todo me cautivaba. Duramos juntos alrededor de 4 meses, puesto que él no
esperó a que estuviera listo para tener sexo; no le entregaría mi pureza, no
así de fácil. Por ello decidí esperar hasta que estuviera seguro, a mis 20. Creo
que estuvo bien.
Aquí viene mi hermana, Hilda; no
quiero verla, no quiero hablar con ella. Sé que tiene lastima de mi, y que siente que todo esto es, en parte, su culpa. No lo es, ¡Dios!, ni siquiera pensé en mi
familia al hacerlo; no entiendo porqué no dejan de llorar, ¡es mi vida!, si se
supone que hice algo tan terrible, ¿por qué siguen amándome después de todo
esto?. Yo a todos los salve, a todos los amo, y ahora jamás estarán con algún
maldito que los ponga en peligro. Aquí viene Juan…
-Gabriel, tienes visita.
-¿Puedo negarme a tenerla? Sé que es
mi hermana, pero por favor, no quiero verla, ni a ella, ni a mi madre.
-Puedes, pero sé, como padre que
soy, que eso no hace más que más daño. Quizá pueda ayudarte en tu sentencia.
-Sentencia… suena a cien…
-Sal ya Gabriel, lleva un rato haya
afuera, te trajo algo.
-Espero que sean chocolates amargos.
-Dame tus manos, no hagas ningún
movimiento brusco y camina a mi paso.
-Ahm. De acuerdo, ya vamos.
Salgo de mi celda con estas bellezas
en mis muñecas, frías y nada glamorosas, escoltado como si fuese alguien
importante: es raro pero me siento bien; al fin algo de seguridad para mí. Oh
no, mírenla, ahí está esa mujer chaparrita, bonita, su semblante luce fatal. ¿no
a dormido bien?, siento que tengo que sentirme mal.
-Hola hermanito… yo… ay… nunca me
imaginé que vendría a verte aquí, no puedo creer lo que hiciste, ¿Por qué?
-Deja de pensar chaparra, me haces
sentir mal, Juan dijo que traías algo para mi, ¿son chocolates? ¿Cómo están los
monstros?
Aquí viene: saca papel higiénico del
bolsillo de su pantalón… lágrimas,
sollozos, temblores, y su maldita lástima, nada de lo que necesito; por favor
hermana, deja de amarme tanto.
-Anoche te vieron en televisión, y
se emocionaron, no pusieron atención a lo que decían de ti, ¿dime como les voy
a contar a mis hijos que su tío favorito es un asesino?
-No lo sé, no he planeado como debas
decírselos. Tal vez debes dejar que ellos se den cuenta, jamás lograras que
ellos vean las cosas como tus las vez, como yo las veo, o como realmente son;
todos tenemos una versión distinta de los hechos, y mi versión es que lo hice
por amor.
Me mira con tristeza, con miedo, con
dolor, como si no me reconociera; que bueno, no es algo que no me esperara ya.
No deja de llorar.
-Ten- dijo, poniendo en mis manos mi
libro favorito: El Corredor de Fondo, y
continúa- es lo único que se me ocurrió traerte. Sé que te mantendrás ocupado.
Le diré a mi madre que cuando venga te traiga los chocolates, yo no podré venir
hasta el próximo mes… Sigue llorando, ya, detente.
-Dile que la amo, gracias, dile a
mis monstros que los adoro, y en especial a mi Princesa, dile que coma bien, y al loco de mi Pato, dile que haga su tarea y se porte bien…-Vuelve a llorar…
¡mierda!, ¡ya! ¡Detente!- ¡chinga! ¡Ya deja de llorar maldita sea!- le grito, y
eso la hace llorar más. Listo, aquí viene Juan; no me puedo despedir de mi chaparra… sigue llorando…
Listo hermana, acabas de hacerme
llorar, perfecto, me van a drogar por que no quieren gritos aquí, listo
hermana, ¡listo! Juan me mira con coraje y con los ojos a punto de arrojar
lagrimas; mas puedes dejar tu lastima en otro sitio y buscar amistad con otro
de los locos que estamos aquí. Me lleva de regreso a mi celda, bueno quiero
estar solo, pero en silencio, no tanto, esto no me va a ayudar, Fabián me lo
advirtió… ¡Dios! no puedo dejar de sentirme mal por mi hermana: verla llorar…
no, por favor no, que alguien la borre de mi mente, ¡que borren su imagen
triste de aquí!, no quiero escucharla en mi mente, no quiero… ¡ya! ¡No llores
más!, ¡no me hagas esto!
Mis gritos logran llamar la atención
de Juan, que sale corriendo a con la doctora Mirna: ya se qué va a pasar; me
van a dormir. Al menos estas drogas me hacen perderme, aunque no gaste mis
energías en desgaste físico, se que mis penas me van a agobiar aunque esté
dormido, y quiero que no me castiguen por mantener despiertos a todos los demás
locos. Más… ¡No!, no es la doctora Mirna. ¡Es Jessica! No, ella no, ella me
odia, ¡Realmente me odia! Sé que quiere matarme, sé que ella no me quiere, ella
es mala, ¡No! me va a hacer daño, lo sé.
-¡A ver, cabroncito! Si fuiste muy carbón
para matar a esos 4 muchachos, vas a ser carbón para aguantar todo esto; es
hora de dormir y no nos vas a echar a perder la noche. ¡A dormir, putito!
-¡NO!, ¡nnnn...no! ¡Déjame! ¡Tú no
me toques! ¡NOOOOOO!
Lucho, forcejeo una y mil veces mas,
no, suélteme… ella me va a castigar…no. Siento que me cuerpo pierde fuerzas; esta
maldita mujer me inyectó alguna droga. ¿Por qué me odia tanto? Jamás le he
hecho daño, no a ella. Siento un sueño muy pesado. Maldita… todo se desvanece,
no quiero…
* * *
¿Estoy soñando? Mi
hermana; ella… ¿Qué hace aquí? Estoy parado frente a una mesa, a la entrada de
un cuarto parecido al que me llevaron cuando llegué aquí, todo está pintado de
un blanco deslumbrante; mi hermana me mira raro, no esta molesta, ni tampoco
triste; tiene una mirada extraña, como si fuera una lunática; se ríe.
-Hola hermanito, ¿qué tal tus
vacaciones por aquí?
-No tan agradables, aunque al menos
puedo dormir más la cuenta, y Fabián es lindo…
-Todo esto es tú culpa, mi madre
está maldita desde que tú naciste, eres una basura, ¿lo sabes?
Se me congela la sangre de escuchar
eso. Mi hermana, ella, mi propia sangre: la persona que me crió desde que era
un niño, fue ella quien ha dicho eso.
-Yo, no sé… ¿Por qué me tratas así? -se
me quiebra la voz y casi siendo como se desliza una gota por mis mejillas- ¿te
avergüenzas de mi?
-¡Si!, ¿como podría sentirme
orgullosa de mi hermano?
Con una voz casi audible me
desintegro y exclamo: -Perdón; yo, solo… no quería esto… -Entre tanto, ella ríe
de una manera diabólica: me bofetea, me tira al suelo y entre risas me escupe.
-Así es como te trataré de ahora en
adelante, así es como debimos educarte; me das vergüenza, maldito homosexual
criminal. –Y Sigue riéndose. Esto es justo… Creo que es justo. No, ya no lo
quiero; hermana, déjame en paz, ya tengo mucha culpa encima.
Súbitamente despierto: mis
extremidades están atadas todas con cuerdas que parecen ser demasiado
resistentes; tengo la cara empapada de lágrimas, estoy sudando. Grito, quiero
que me liberen, que algo me libere. Quiero que me dejen morir, por favor.
¡Déjenme morir!... quiero morir. El cuarto es todo color blanco, como todos los
que hay en este lugar: comienzo a aborrecer el color blanco. No sé porque, pero
me siento como Doug en prisión después de la muerte de John, en Para Siempre de Eric Jourdan: mátenme,
solo así me sentiré mejor. Se abre la puerta, ¡es la doctora Mirna! Por fin,
gracias.
-Buenas tardes Gabriel, espero que
se sienta mas tranquilo, ha dormido muchas horas más, lo he estado observando. ¿Cómo
se siente?
-Pendejo, inmovilizado, como un
mártir; feliz, y a la vez triste. ¿Me sacarán de aquí?
-No por el día de hoy. Pero ya no te
dormirán con drogas, aun que debes continuar con tu tratamiento. Aquí está la risperidona y la sertralina; tomate ambas, y si no puedes dormir, supongo que sabrás
llamar la atención, ya sabes que pasará.
Ella se toma un tiempo para liberarme
de las cuerdas; mis muñecas y tobillos estas un poco heridos, aunque menos que
aquella ocasión en la que me trajeron. Al menos ella me trata bien, al igual
que Fabián. Necesito encontrar respuestas, necesito sentirme bien, hace mucho
que no escucho música, y creo que me volveré loco si no escucho Claro de luna, The medow, o Sweep, ¿Dónde
está toda mi música? ¿Ya estoy enloqueciendo?
-Doctora Mirna… ¿Dónde está mi
libro… El Corredor de Fondo? Me lo
trajo mi hermana ayer. Necesito leerlo.
-Lo tengo yo. En cuanto lo
autoricen, se lo daré, Gabriel. Sea paciente por favor: todo está en su contra
y es mejor que coopere, no puede esperar a que todo esté tranquilo después de
tan solo cuatro asesinatos.
-No, supongo que no. Cuide ese
libro, es mi primera joya.
Patricia Nell Warren hace que mi
mundo sea más llevadero, desde que la leí por primera vez; me hizo creer que
existe esto, el amor, me hace viajar: Billy
Sive y Harlan Brown tiene una
relación que muchos gays quisiéramos
tener, pero la muerte de Billy es súbita e inesperada. Se alguna manera, uno espera
siempre un final feliz ignorando que el mundo nos pisotea. La puerta se abre y
cierra, entran las enfermeras a revisar que me tome las pastillas, y a
preguntarme si los dejaré dormir, amenazándome con la jeringa, claramente no
quiero una visita de Jessica. Al menos no tengo que pedir que me alimenten;
esta gente no olvida que como ser humano, tengo necesidades como comer, dormir,
y defecar. Supongo que tengo más cuidados del que un bebé tiene. Y a veces me
pregunto si en verdad soy un criminal, pues sé que estoy aquí cumpliendo una
condena, pero me siento protegido: casi no me insultan, Fabián me defiende, la
doctora Mirna me cuida, y las enfermeras… bueno, ellas son tajantes conmigo;
solo cumplen con su trabajo, y yo me alegro de que a ellas no tengo que darles
explicaciones.
Se abre la puerta de nuevo… ¡es
Fabián! el bello, ¡si!...
-Angel Gabriel: llevo una semana sin
verte; y ya van tres ocasiones que se cancelan tus citas. Debemos retomarlas. La
doctora Mirna me ha entregado esta belleza la semana pasada, debo admitir que
me atrapó de inmediato, me comentó que tu lo llamas tu primera joya, y he comprendido porque ¿El amor de Harlan y Billy es
el mismo que sientes tu por Carlos, Ricardo y Salvador?... Porque si es así,
déjame decirte que es profundo, puro, pero te pusiste del lado del
francotirador.
Tiene mi libro en las manos, con
hojas y notas entre páginas. Seguramente vio las frases que subrayé… espera,
¿Yo el francotirador?, yo no odiaba a ninguno de mis amores, son mis joyas,
siempre serán míos, no los dañé.
-Hola doctor, dígame por favor que
ya me sacarán de aquí: mi cuerpo me duele, no puedo mas estar aquí encerrado,
me estoy volviendo loco en caso de no estarlo, y si así no lo fuere, créame que
me torno aún más. Billy, Harlan… si, eran perfectos… y tal vez mi amor es más
fuerte, y es por eso que nadie me los pudo arrebatar.
-Gabriel, ¿Podrías decirme tu
significado de la palabra amor?...
-¿Podría explicármelo usted?, todos
dicen que yo estoy mal, que mi concepto está distorsionado…
-Tal vez, por ahora, sí Ángel. Vas de
regreso a tu celda, son las 09:00 am. Te veré en mi consultorio a medio día, y la
doctora Jessica me hará el favor de recogerte; tu terapia será un poco
desgastante, así que me tome la liberad de pedir que se te alimente e hidrate
bien: necesitamos ayudarte, para saber el porqué de tus actos. Vas a estar
bien.
-¡No por favor! La doctora Jessica
no, ella me odia, me quiere ver muerto.
-Tranquilo Angel, los únicos que te
quieren muerto son los familiares de los asesinados… y no los juzgo; pero
tampoco a ti. Créeme estoy de tu lado, pero las leyes son así. Jessica no te
hará daño alguno, es una profesional, y aquí estamos para protegerlos…
-Todo menos Jessica ¿Por qué no le
pide a la doctora Mirna que venga? Ella lo hará sin chistar. Ella, por favor…
¡O cualquier enfermera!
Y de la nada mi voz se quiebra ante
su semblante con el cual se da cuenta; me mira con lástima y preocupación. Dime
que cambiarás de decisión…- por favor Fabián…
-Vamos a tu celda, no quiero otro
escándalo. Estarás bien, te lo prometo.
Me ayuda a levantarme, me
tranquiliza, él siempre sabe cómo hacerme sentir mejor, con él me siento
completo; me conoce y sé que no me teme, sé que no me hará daño, resuelve mis
dudas, y es la única persona que se ha reído conmigo y no de mí. Creo… no, debo
ser fiel a Carlos, a Ricardo y a Salvador… a mis hermosos.
Ya estoy fuera de este encierro, voy
escoltado por Juan, por Fabián que está a mi lado derecho, y por otros tres
guardias: pasillos, rejas, miradas, estoy descalzo; hace frío, hoy no hay
visitas, hoy me dejaran tranquilo, hoy algo viene, hoy… Fabián dice que habrá
avance.
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